En cada cucharada de cocido boyacense se guarda un pedazo de la historia de Boyacá. Este plato, considerado una joya de la gastronomía andina, se ha convertido en símbolo de tradición, identidad y orgullo para los habitantes del altiplano cundiboyacense.

El cocido es más que una receta: es una herencia transmitida de generación en generación. Preparado lentamente en fogón de leña, combina ingredientes propios de la región —como la papa criolla, el cubio, la ibia, el rábano, la mazorca y diversas carnes ahumadas— en una mezcla que encarna el espíritu campesino y la abundancia de la tierra boyacense.

En municipios como Soracá, Jenesano, Paipa, Nobsa y Arcabuco, las familias se reúnen los domingos para compartirlo, manteniendo viva una costumbre que ha resistido el paso del tiempo. Su preparación suele reunir a todos: mientras unos pelan las papas o limpian los cubios, otros vigilan la olla que lentamente deja escapar el aroma característico del cocido.
“Es un plato que cuenta quiénes somos”, dice María del Pilar Rojas, cocinera tradicional de Tunja, quien ha enseñado durante más de tres décadas a preparar el cocido en escuelas gastronómicas. “Cada ingrediente tiene un sentido: el maíz representa la vida, las carnes la fuerza y las raíces el apego a nuestra tierra”, explica.
La importancia del cocido boyacense ha traspasado fronteras. En ferias gastronómicas nacionales e internacionales, este plato ha sido reconocido como una de las expresiones más auténticas de la cocina colombiana. Incluso, el Ministerio de Cultura ha destacado su papel en la preservación del patrimonio inmaterial del país.

En tiempos donde las nuevas generaciones buscan reconectar con lo local, el cocido boyacense se consolida como una experiencia que va más allá del paladar. Es, en esencia, un viaje al pasado, un acto de memoria y un homenaje a las raíces campesinas que dieron forma a Boyacá.


